RUMBO A TUCUTÍ (una anecdota del Darién)

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(Población de Tucutí)

Revisando viejos papeles,  en ese proceso de limpieza de fin de año en el  que a veces nos  concentramos, me tropecé con un viejo cuaderno de dibujo “Panamá”, portada de fondo   rojo y motivos abstractos, de colores amarillo y blanco. Recuerdo que lo compré con el propósito de elaborar algunos dibujos y  recoger algunas impresiones   de una misión de trabajo que llevaríamos a cabo en una región de la Provincia del Darién.

La misión a la que me refiero tenía como marco  las inundaciones ocurridas en esa provincia, originadas, si mal no recuerdo, por las repercusiones del  huracán Mitch en nuestro país y que ocasionó catastróficos daños  en Centro América. El objetivo de esta jornada: capacitar a educadores,  productores y padres de familia, para la puesta en práctica,  en  lo posible, de medidas de mitigación de los efectos del meteoro.

Ya para esta fecha había adquirido el “extraño” hábito de escribir y acostumbraba a registrar situaciones que estuviesen revestidas de algún interés y ésta era una de ellas, pues la región de Darién siempre la he considerado mítica y  llena de misterio, y este viaje era una oportunidad interesante para entrar en contacto con esa atmósfera misteriosa y para conocer además, un poco  la población de Tucutí, ubicada en las márgenes del río del mismo nombre.

Éste, solo es un episodio de ese inolvidable viaje,  un fragmento de la historia, cuyo contenido considero verdaderamente anecdótico, el resto de los días  se dedicaron al desarrollo de los  temas de la capacitación y a las diversas charlas dirigidas a los naturales  de esa población. Cinco días en total, dos de viaje y tres de trabajo. 

 ***

 Corría el año 1999. Salimos con buen tiempo de la ciudad de Panamá, el día 17 de mayo, a las seis y treinta y cinco de la mañana. El equipo humano del Ministerio de Educación para esta misión estaba conformado por tres personas y el conductor, quien nos trasladaría a la comunidad de Metetí.  (Cuando mis compañeros y amigos en este viaje lean esta historia sabrán de quienes se trata)

Arribamos a la población de Metetí a las once y treinta y cinco de la mañana donde almorzamos un delicioso pescado frito con patacones. La siguiente parada sería Puerto Quimba donde tomaríamos la embarcación que nos conduciría a Tucutí. Arribamos al puerto a las doce y treinta del día. En este punto nos reunimos todo el equipo de trabajo, conformado por funcionarios del MIDA, SINAPROC, ANAM, MEF y por supuesto, MEDUCA. Colocamos toda la carga y el equipaje en una embarcación de ocho pasajeros más la tripulación (tres motoristas). El nivel del agua estaba  unos centímetros sobre la línea de flotación, la “panga” iba al límite de su capacidad.

Salimos Puerto Quimba a la una y treinta y cinco de la tarde. Navegamos por el Río Tuira aguas arriba. El gran río estaba bastante intranquilo lo que nos atemorizó un poco. Llegamos a la desembocadura de Río Balsas o Tucutí.  Esta sería la vía que nos llevaría a nuestro destino. La panga enrumbó su proa río arriba y  a medida que avanzábamos, las aguas se tornaban más tranquilas y poco profundas. Eran las seis de la tarde cuando llegamos a una población llamada Camogantí. El motorista  estaba preocupado por las condiciones de navegación del río, pues tenía un bajo nivel de agua. Preguntó a uno de los residentes del poblado, si la embarcación podría navegar con esa profundidad. La respuesta fue afirmativa  —“el río tiene bastante agua”.

De acuerdo al motorista y los conocedores de este viaje, la duración del mismo sería de una y media a dos horas como máximo, desde donde nos encontrábamos hasta Tucutí. Reiniciamos, nuevamente nuestro viaje por el río. Las horas corrían como perseguidas no sé por qué genio maléfico,  un temor disimulado nos iba invadiendo pues empezaba a oscurecer y no había señales de que nos estuviésemos acercando a nuestro destino. Oscureció del todo, tal vez serían las siete de la noche. Un miembro de la tripulación tuvo que hacer uso de su linterna cuya luz duró poco tiempo, como si el demonio de la noche se la hubiese devorado. Las baterías se agotaron con rapidez.  El firmamento  estaba oscuro y apenas algunas estrellas empezaban a aparecer, parecía la boca de una  inmensa y negra caverna y los reflejos de una multitud ojos de fieras nos acechasen para devorarnos.  El motorista encendió una bengala lo que ayudó un tanto a no perder el rumbo de la embarcación  por un corto tiempo hasta que su luz se consumió.  Uno de los compañeros de viaje encendió su linterna de mano lo que ayudó pero no por mucho tiempo.  El motorista encendió otra bengala y después otra, la última hasta que se consumió. El compañero de Relaciones Públicas del PNUD, quien llevaba una cámara de video para la filmación de la actividad, encendió las lámparas de filmación lo que permitió que siguiéramos navegando hasta que se agotaron las baterías. Las ocho y treinta  de la noche y no llegábamos. Ya habían transcurrido dos horas y media desde Camogantí. La oscuridad de la noche nos envolvía. Sólo la tenue  luz de las estrellas que poblaban el cielo permitía, apenas, diferenciar  donde terminaba el río y donde comenzaba  la amezante selva. Seguimos avanzando, lentamente,  con la ayuda de la linterna de otro de los compañeros de aventuras.

La situación empeoraba, la embarcación encalló en  un banco de arena, con el remo, un miembro de la tripulación exploraba el fondo del río para identificar los lugares más profundos y así poder navegar. Hubo momentos en que era necesario retroceder para retomar el mejor camino dentro del cauce. El diálogo bullicioso y alegre de los viajeros de unas horas antes había desaparecido. El silencio era tan denso que se podía cortar, literalmente,  con una navaja. Pasados algunos momentos la atmósfera de temor comenzó a desaparecer al divisarse el reflejo de las luces del  pueblo. Media hora después arribamos al embarcadero de Tucutí, eran, aproximadamente, las nueve de la noche.  A todos nos llegó el alma al cuerpo, aparecieron los chistes y las risas nerviosas de las damas al relatar la reciente experiencia. Llegamos a pensar que tendríamos que pasar la noche en el río.

La comunidad  había preparado una actividad de bienvenida,  se cansaron de esperar  y se fueron a dormir. Llegamos al pueblo en plena oscuridad. No sabíamos ni siquiera donde nos íbamos a hospedar. Fue una experiencia atemorizante pero llena de emoción. Al día siguiente, todo rastro de temor y  angustia había desaparecido. Las novedades y sobresaltos de la noche anterior era el tema de conversación.

 Fin de  Rumbo a Tucutí (Enero 2014)

 

 

 

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