UN CUENTO DE LAS MULATAS

 
SOMBRAS  EN  LA "NEGA"[1]
(Un cuento de "Las Mulatas")

"Hay que conocer el secreto de la
serpiente, no para que nos domine
sino para dominar a ella".
      Nelé Kantule

había transcurrido más de una hora desde que atracamos en el pequeño embarcadero y recorríamos los distintos rincones y callejuelas de aquella comunidad isleña, por un intrincado juego de caminos que nos obligan, sin proponérnoslo, a pasar por el mismo lugar más de una vez sin darnos entera cuenta. Presiento que este desorden aparente es deliberado,  tal vez con el propósito de observarnos una vez más por quien sabe qué ojos ocultos de alguna choza. Tengo la sensación de que una presencia invisible sigue nuestros pasos. Nuestros adoloridos  cuerpos ya no pueden dismular el cansancio; el  golpeteo de las olas y  el sube y baja del mar a lo largo del viaje habían hecho su trabajo. Las tres hamacas nos esperan; pienso que la hospitalidad de nuestro amigo al ofrecernos su Nega no es casualidad. El rugido del mar a lo lejos y ese romper repetido de las olas sobre la playa  me van adormeciendo, lentamente;  nuestra mente, fiel guardiana durante la  vigilia, comienza su lento recorrido hacia las profundidades del inconciente y en ese recorrido va reviviendo los hechos acaecidos durante el viaje. Pienso a veces que, este fenómeno responde a algún mecanismo automático de nuestra psiquis. De alguna manera, un disparador interno provoca esta función, especialmente, cuando experimentamos alguna larga jornada; y esta, era una larga jornada.

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Las ?Mulatas?, antiguo nombre del hoy  Archipiélago de Kuna-Yala[2]. Es un conjunto de islas situado frente a la costa nororiental del Istmo. Era mi primer viaje a la Comarca, quiero decir a la Comarca Kuna, sin embargo, no me sentí atraído por esta nueva aventura. No logro precisar el por qué de ese desisterés. Más sí puedo decir que me producía una desusada inquietud. Llegué a pensar que los años  estaban afectando mi natural curiosidad hacia nuevas experiencias, hacia desconocidos escenarios. Tal vez, esa desusada inquietud tenía un nombre... miedo... pero no podía descubrir su causa. Una pesadez en el lado izquierdo del pecho  me hacía sentir incómodo desde el momento en que me anunciaron este viaje.
Eran las seis en punto de la mañana cuando el pequeño bimotor emprendió vuelo rumbo hacia nuestro destino. Durante los cortos cuarenta y cinco minutos que duró el viaje, acudieron a mi memoria innumerables recuerdos de pasajes de las obras investigativas de nuestra insigne  antropóloga,  Reina Torres de Araúz, del Dr. José Manuel Reverte y las curiosas normas de la ?Ley Fundamental Kuna?, cuerpo de leyes que han regido al pueblo Kuna durante milenios y cuyos principios  le han permitido sobrevivir como cultura.  Hoy día, han ido cayendo, paulatinamente,  en el olvido. Este pueblo ancestral ha sido alcanzado por la inexorable ley de los ciclos; curiosamente, esa cruz gamada, simbolo primordial de la República del Tule, plasmado en su bandera y que de acuerdo a muy antiguas tradiciones simboliza también, la rueda de la historia, tal vez sin ellos saberlo, ha señalado su destino. 

 

Aterrizamos en la pequeña pista de la Comunidad de Playón Chico a las seis y cuarenta y cinco de la mañana. Formaban parte del equipo, dos compañeros más. Se agregarían a la gira  tres funcionarios de la Dirección Regional, incluido el ?motorista?. Mientras esperabamos concluyeran los preparativos para la segunda etapa de nuestro viaje, parado frente al mar, contemplaba ese nuevo y subyugante  paisaje. Pequeñas islas a lo lejos en el horizonte, un mar transparente que con los rayos del sol matutino hacía resaltar ese color verde esmeralda propio de las aguas de las costas del caribe y que te pone a soñar con paraisos de leyenda olvidados en el tiempo.  Distraido,  momentáneamente, siguiendo el ilusorio vuelo de la imaginación, no había escuchado el llamado de mis compañeros. La pequeña embarcación  de fibra de vidrio con  motor fuera de borda estaba lista y  nos esperaba en el pequeño embarcadero. Navegarímos en dirección Este  bordeando la costa.  Visitamos  ese día, varias comunidades isleñas. No es sencillo diferenciar una comunidad de otra. Parecieran regirse por un diseño típico de organización, en apariencia desordenado. Sospecho que se trata de un desorden deliberado quien sabe por que secretos motivos.
Casi al final de la tarde arribamos a la Comunidad de Ustupo cuyo significado en lengua Kuna es Isla del Conejo,  localizada en la región central de la Comarca  de donde es originario su mítico lider, Nelé Kantule, uno de los gestores de la Revolución Kuna de 1925. Mirando al Sur hacia tierra firme, nos encontramos con una gran elevación que forma parte de la cordillera central del Istmo, denominada, Takarkunyala cuya traducción es ?Montaña Sagrada? [3]. Pasaríamos la noche en la vivienda, quiero decir, la Nega de un amigo residente en la isla. No puedo quejarme de las atenciones de los naturales para con nosotros, quizás debido a una secreta instrucción dada por el jefe o Sáhila que, evidentemente, sabe todo lo que ocurre  sin estar presente. Una ley invisible  y un vigilante atento, también invisible,  rige los destinos de la Comarca. Fuimos presentados por nuestro amigo de la isla a un miembro de la comunidad; nunca nos dimos cuenta cuando se unió al grupo.  Desde ese momento no se apartó de nosotros. Este personaje  nos invitó a cenar; no recuerdo si dijo  que era su casa o la de otra persona revestida de alguna importancia. Luego de la cena nos quedamos un rato más viendo una mala película de vampiros cuya trama nunca entendí, tal vez porque mi mente estaba ocupada en otros pensamientos.

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Inmerso en estos recuerdos, el dios del sueño, fue desplazando sin yo notarlo, a la conciencia, infalible vigilante de nuestro espíritu. Nuestro ser se fue hundiendo en la absoluta oscuridad; fuimos vencidos,  poco a poco, por esa especie de coma natural que llamanos sueño, ya no era yo. Imposible para mí calcular el tiempo transcurrido, una inquietud incómoda me trajo, nuevamente, y era yo, escuchaba con los ojos entrecerrados  el lejano rugido del mar; el ruido cercano de las olas al romper en la playa me traen, lentamente,  al mundo de la  conciencia.  A tientas, busco el celular que había guardado dentro de uno de mis zapatos para verificar la hora; tres y treinta de la madrugada; permanecí inmóvil  en la hamaca en espera de la nueva visita  del espíritu del sueño y en ese esperar algo me impulsó a mirar hacia la entrada de la ?Nega?. Me sorprendió lo  que ví, mas no me atemorizó. Una sombra oscura en el lado izquierda de la puerta de la choza, una silueta dibujada  por los rayos de la luna que penetraban por los intercisios de la pared de caña blanca, mostraban la figura de un  hombre alto, moreno, desnudo de la cintura hacia arriba, con los brazos cruzados sobre el pecho, de pie en posición como de un guardián, como un centinela, presto a no dejar que nada entrase o quizás que nada saliese.
Sacudí la cabeza, miré a mi alrededor y vi a mis compañeros, profundamente, dormidos. Quería asegurarme de que no estaba soñando, que estaba despierto. Al mirar, nuevamente, la sombra había desaparecido. Permanecí un largo rato reflexionando sobre lo sucedido. El lejano rugido del mar y el ruido cercano de las olas al romper en la playa me sacaron de mis pensamientos. El mismo impulso inicial me hizo mirar, nuevamente, hacia la puerta. Allí estaba, de pié, en la misma posición, como un guardia que cuida la entrada a algún templo secreto. Volví a sacudir la cabeza y a frotarme los ojos, me revolví dentro de la hamaca y traté de ponerme de pié; la sombra se matenía en su lugar. El impulso de un mandato fisiológico impostergable me puso de pie, dirigí mis pasos hacia la puerta sin mirar directamente, al levantar  la vista, la sombra había desaparecido, nuevamente. Mis compañeros seguían durmiendo, plácidamente, volví a mirar la hora de mi celular, las cuatro y treinta de la madrugada. La oscuridad de la noche abandonaba la isla. Atendida mi urgencia, regresé a la Nega. Esperé un poco más, amanecía. Me aseé y me vestí, los primeros rayos del sol nos anunciaban que nuestra misión tenía aque continuar.

Referí a  mis compañeros lo ?sucedido? no me creyeron, me dijeron que a lo mejor había sido un sueño, o que lo había inventado, otros guardaron silencio.  Traté de dar una explicación creible pero yo mismo no tenía explicación alguna, nada tenía sentido. Desayunamos un café que nos ofreció nuestro amigo de la comarca  y luego nos dirigimos al pequeño restaurante al lado del muelle a concluir el desayuno.  Sentado en el comedor del restaurante, mientras desayunabamos me puse a observar la tripulación de una de esas embarcaciones que vienen de la República de Colombia a comerciar con los isleños. En ese momento recordé al personaje que nos había acompañado durante nuestra estadía en la Isla, quería preguntarle sobre lo sucedido. Había desaparecido de la misma forma como apareció. Volví a mirar al barco colombiano; parado sobre el muelle, a lado de la embarcación, revisando las amarras había un hombre alto, moreno, desnudo de la cintura para arriba que nos miraba detenidamente. Al dirigirnos a nuestra embarcación para iniciar el viaje de regreso aquel hombre ya no estaba en el muelle.

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Permanecí en silencio durante todo el viaje de vuelta. El nuevo y subyugante paisaje, las pequeñas islas a lejos en el horizonte, el mar transparente que con los rayos del sol matutino hacen resaltar ese color verde esmeralda que te ponen a soñar con paraisos de leyenda olvidados en el tiempo pasaban desapercibidos para mí. Quería pensar, quería enteder, quería saber. Recordé las historias de los ?Neles?[4], de los ?Nuchos?[5], de la magia Kuna. Recordé también una historia que me refirió un personaje de la Comarca sobre la ?Montaña Sagrada?. No quiero sacar conclusiones ni dirigir el pensamiento del lector. Sólo cuento como sucedió, pero no olvidemos que nuestra imaginación a veces juega con nosotros y nosotros le seguimos el juego. ¿O será que hay más cosas en este mundo de las que podemos ver con los ojos materiales?



Fin de ?Sombras en  La Nega?
Septiembre 2010
 

[1]"Casa en lengua Kuna
[2] También conocido como Archipiélago de San Bla

[3] Cuenta la historia que de las faldas de la montaña sagrada, Takarkunyala, la abuela  Aneda con varias doncellas y varones, iniciaron un viaje hacia el oeste, en su camino, fundaron las comunidades de Nurra y Wala (Comarca de Wargandi), más tarde llegan al río Puturgandi y fundan la comunidad del mismo nombre. Para finales del año 1903, en el mes de diciembre, la comunidad se traslada a una isla llamada Yandub y luego se trasladó a la isla del Conejo (Ustupu). Para esta época la comunidad estaba liderada por Yaigunabaler o Yaigun.
[4] Especialista en el mundo espiritual. El tiene visiones, sueños y revelaciones que le ayudan a diagnosticar la enfermedad del paciente. Sus prácticas incluyen ingestiones medicinales hechas de vegetales, sahumerios, cantos curativos y procedimientos psicológicos.
[5] Objeto sagrado Kuna, que consiste en una figura antropomorfa,tallada en diferentes tipos de madera como el balso, madera de jagua, de achiote y otros.  Estas figuras sirven para  proteger y vigilar la casa de los espíritus malignos, también guía al Nele en sus transportaciones a otros niveles de la madre tierra.
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